Maestros.

“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Miguel de Cervantes

“A buen entendedor, pocas palabras bastan”.

Como es tradición, por estas fechas solemos hablar de algún tema distinto al fin, o al objeto, de este blog: ya lo hicimos el año pasado con el tema del estudio de la Constitución Española en la enseñanza secundaria de manera dinámica y, al parecer, el post fue bien acogido.

El tema que proponemos este año no tiene nada que ver con lo expuesto, ni precisamente guarda relación con temas especialmente reservados a la materia del derecho. Si algo he aprendido en este último curso académico ha sido, desde luego, la entrega, las ganas que tenían ciertos profesores por transmitirnos el contenido de sus respectivas asignaturas de una manera más dinámica, más sensible… esas son las formas adecuadas, pienso, para centrar al alumno en la materia porque… seamos sinceros: estudiar hay que estudiar sí o sí. La diferencia radica entre estudiar motivado y con las ideas abiertas, y no lo estarlo. Y creemos que la tarea principal de un profesor es orientar al alumno de acuerdo al método de estudio que debe realizar.

¿Sabíais que en la Universidad de Harvard los profesores tienen una semana para presentarse a los alumnos y venderles a éstos sus ideas? Son los alumnos los que eligen al profesor en base a los criterios o las pautas que éste expone. Es decir, los profesores tienen que competir, pues en ello reside su prestigio, con sus métodos para que las mejores promociones les escojan.

Parece que en España aún no lo hemos entendido. La persona que enseña a los demás no tiene que ser “sabelotodo”, más bien tiene que saber sacar lo mejor de cada alumno. El método es dedicación y tener cariño por lo que se hace, en este caso, enseñar.

Al margen de esta pequeña pulliita al sistema, de la cual no voy a hablar de ello, sí me gustaría decir que aquellas personas que tienen la devoción suficiente como para enseñar a las futuras generaciones, da igual el campo que sea, se caracterizan en una cosa que de verdad les hace ser excelentes: la simpleza a la hora de explicar el temario.

Y aquí es, amigos míos, donde empieza el post realmente. Cuando hablo de maestros en realidad no me refiero a la labor de los profesores per se, sino a la tarea de aquellas personas que utilizando las palabras más sencillas son capaces de diferenciar los matices más selectos dentro de un contenido específico, aquellas personas que se aventuran a dar un paso más allá y las que, a su vez, hilan más fino que el resto.

Son los maestros los que también transmiten, con esa sencillez que les caracteriza, las palabras adecuadas para que la persona que sea receptora de ellas tenga un criterio, digamos, “objetivo” en el que poder basar argumentos de futuro a la hora de corregir un proyecto, un informe, un examen… o que tenga en cuenta ciertos elementos para saber discernir entre lo que una cosa significa X y otra Y.

La mejor manera de poder transmitiros, o poder demostrar, que lo dicho con anterioridad es cierto, es mediante la puesta a disposición de un par de ejemplos.

El primero está relacionado con la gastronomía. “Top Chef”, el programa de televisión (reality show) de cocina retransmitido por Antena 3 (Grupo A3 Media).

Para aquellos que desconocen la mecánica de dicho reality, Top Chef es un concurso de cocineros experimentados (algunos galardonados con Estrellas Michelin o Soles Repsol) los cuales están sometidos a una gran diversidad de pruebas tanto individuales como a nivel colectivo. El ganador del programa recibe una cierta cantidad pecuniaria, así como suministro de alimentos, por parte del patrocinador del programa, a lo largo de un año.

En fin, el programa se situaba en la recta final. Nos encontramos en la semifinal. Quedaban tres aspirantes al título. La prueba que tenía que realizar cada uno consistía en elaborar un plato mediante los productos descritos en los pasajes de los siguientes libros que se les había asignado: Don Quijote de La Mancha, La Regenta y El Lazarillo de Tormes, por este orden de presentación. Cada uno de los concursantes estaba asistido por el campeón de las tres ediciones anteriores: un campeón para cada aspirante.

La valoración de dichos platos le correspondía a un Jurado muy especial, digno de una semifinal. Catorce estrellas Michelin fueron las que se encargaron de determinar qué aspirante se dirigía directamente a la final. Los miembros que componían dicho Jurado fueron: Martín Barasategui (8 estrellas), Eneko Atxa (3 estrellas) y Quique Dacosta (3 estrellas). Podéis ver la descripción y el vídeo de la semifinal pinchando aquí.

Los tres platos asombraron al Jurado. De hecho, no sabían qué plato había destacado sobre los demás. Desde luego, cada uno de ellos tenía texturas y tonalidades diferentes respecto de los demás justificados desde luego por la naturaleza procedente de cada receta.

En este momento es dónde quiero ilustrar que tanto la experiencia como la pasión y el empeño que una persona pone en su campo de investigación demuestra finalmente que puede convertirse en un maestro.

Los tres jurados no sabían qué criterios utilizar para destacar un plato sobre los otros dos pues cada uno de éstos se identifica con la naturaleza y la finalidad que perseguían los cocineros creadores.

Sin embargo, fue el ocho-estrellas-Michelin Martín Barasategui quién, con unas sencillas palabras, propuso un elemento que determinara finalmente el plato ganador. Su frase fue, en cierta medida, la siguiente: “ya que no podemos determinar qué plato es el mejor, la única manera que podemos utilizar para decidir cuál es el plato ganador es indicar con cuál de éstos volveríamos a repetir”.

Fijaos con qué facilidad y humildad Martín ha dado en el clavo. Los métodos típicos para la valoración de un plato (sabor, textura, emplatado…) han tenido que quedar a un lado para utilizar como criterio subsidiario, y a la vez excepcional, algo tan sincero como es volver a repetir con un plato. Este criterio es un elemento de externalización, en realidad, por el gusto del plato seleccionado pues al haber probado una pequeña muestra cuyo fin es encontrar los pequeños matices del producto elaborado, no alcanza el suficiente tiempo a disfrutar el mismo, entendemos.

El segundo ejemplo trata el campo al que me dedico: el Derecho. Quizá los que me leáis seáis estudiantes de Derecho, o recién graduados, abogados, o simplemente gente que le interesa la materia en sí.

El tema que proponemos pertenece, de forma más concreta, a la rama del Derecho Internacional Privado. Resumido en pocas palabras, esta materia trata las relaciones entre personas y entidades con elementos de extranjería (domicilio, residencia y nacionalidad) de los distintos sujetos. Una parte de dicha asignatura es la relativa a las obligaciones contractuales.

Nosotros, a lo largo del cuatrimestre, en esta asignatura, nos dedicábamos a estudiar esta materia a través de sentencias, generalmente procedentes del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (Tribunal de Luxemburgo).

Una de las Sentencias del Tribunal de Luxemburgo (C-585/08 Pammer) supo deslindar, con pocas palabras, cuándo un contrato entre una empresa domiciliada en un país y una persona física con domicilio en otro país, ambos miembros de la UE, realizado a través de Internet, puede estar clasificado como un contrato de prestación de servicios o de consumo.

Este caso es importante porque la finalidad que persigue la calificación de un contrato es proteger con mayor o menor medida a una de las partes. En el caso de que el contrato sea calificado como “celebrado por los consumidores”, se despliega un amplio ordenamiento jurídico que protege con más garantía a éstos.

¿Qué es lo que nos interesa destacar? El Derecho Internacional Privado, en buena medida, busca resolver tres cosas: ¿quiénes son competentes y por qué? ¿Cuál es la ley aplicable y por qué? ¿La resolución puede tener efectos en el país donde esté domiciliada la otra parte?

Pues bien, una primera forma de proteger al consumidor, en este caso internacional, es mediante el ahorro de tener que viajar al país del domicilio de la empresa para interponer demanda. Por lo tanto, el consumidor puede interponer acción, o bien ante los órganos jurisdiccionales del Estado Miembro en que esté domiciliada la empresa, o bien ante los órganos jurisdiccionales de su propio domicilio

Ahora bien, para que se despliegue el artículo citado en el párrafo anterior, la otra parte -la empresa- ha de ejercer actividades comerciales en el Estado Miembro del consumidor por cualquier medio o dirija sus actividades a dicho Estado Miembro (Art. 17.1 c) Reglamento (UE) 1215/2012).

El caso Pammer trata todo lo comentado con anterioridad: un austriaco reserva por Internet con una empresa alemana la compra de un billete para ir en barco desde Italia hasta extremo Oriente. El austriaco cancela el billete y le devuelven una parte del dinero, por lo tanto, interpone demanda en Austria solicitando la totalidad del dinero.

La empresa alemana sin embargo entiende que no deberían conocer los Tribunales austriacos puesto que no orientaban sus actividades a Austria. Creen que deberían ser competentes, como norma general, los jueces alemanes.

Fue el TJUE quién entró a analizar el artículo 17.1 c) del Reglamento Bruselas I bis para entender qué significa dirigir su actividad [empresa] al Estado miembro del consumidor.

Volvemos a lo mismo. El Tribunal de Luxemburgo entendía que pese a que en Internet tenga la intención de interconectarnos a todos con el fin de recibir información de cualquier lugar no quiere ello indicar que el desarrollo de una página web por parte de una empresa tenga desde ese momento como objeto la puesta a disposición de sus actividades a todos los países con conexión a Internet. Esto crearía muchísima inseguridad jurídica pues sería excesivamente proteccionista para el consumidor.

No obstante, a lo anterior, el TJUE, y esto es lo que caracteriza a un buen jurista como maestro de leyes, supo destacar los elementos externos, es decir, aquellos susceptibles de ser visualizados por el público fácilmente, de forma sencilla. Estableció una serie de criterios jerárquicos que indicasen desde una mayor a una menor repercusión los componentes que podrían indicar la dirección de las actividades propias de la empresa al Estado miembro del consumidor.

Estos elementos son, en primer lugar, e indicando con absoluta certeza la dirección de la actividad empresarial, la utilización de un nombre de dominio de primer nivel distinto al del Estado miembro en el que está establecido el vendedor o la mención de números de teléfono con prefijo internacional; en segundo lugar, con mayor probabilidad que suceda lo dicho anteriormente, el uso de la lengua o divisa distinta de la lengua o divisa habitualmente empleadas por el Estado miembro; por último, situación que podría ser calificada de no puesta a disposición de la actividad a otro Estado miembro sería el uso de una divisa o el empleo de un idioma similar al Estado miembro en donde está establecido el vendedor.

En resumen, cuatro cosas bien dichas, concisas y claras para señalar tanto a consumidores y usuarios como a empresas qué es lo que tienen que hacer para conocer si la actividad está orientada al Estado Miembro. Esta sentencia no ha sido baladí, pues ha tenido muchísima repercusión dentro de la doctrina internacionalista y, por supuesto, a partir de dicha resolución, los jueces y Tribunales de los Estados Miembros de la Unión Europea están aplicando con buen criterio dichas pautas señaladas.

Conclusión.

Imaginamos que, como los dos ejemplos anteriores, vosotros, lectores, seguro podríais aportar a esta pequeña entrada más casos en los que hayáis sido testigos de, o conozcáis de primera mano, pequeños gestos pero que repercuten, finalmente, de una manera tan intensa lo que con toda la ilusión hemos querido transmitir.

Finalmente queremos decir que un maestro es capaz de llegar a más gente utilizando las menos palabras posibles y, sobre todo, sencillas. Para ello, lógicamente dicha persona tiene que tener muchos conocimientos por lo que verdaderamente lo difícil no es asimilar todo lo estudiado o realizar aquello en lo que se ha practicado. Lo difícil reside en saber explicar a otra persona con las palabras adecuadas, clarificando así las ideas, la tarea que tiene que desempeñar.

Como dijo San Ignacio de Loyola: “Alcanza la excelencia y compártela”.

Muchas gracias.

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